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domingo, 10 de mayo de 2015

El ladrón. Cap 4. I [Historias con Limón]

El ladrón
Capítulo 1. Cosas de brujas >I< >II< >III<
Capítulo 2. Enlazados >I< >II<
Capítulo 3. Chesire >I< >II< >III<

4.
La Cacería

Hunter era uno de los cazadores con más renombre de toda la cosa Este. No se llamaba Hunter, en realidad, pero toda su fama se había creado alrededor de ese nombre ficticio. Era un cazador en todo el amplio sentido de la palabra; sólo que sus presas eran humanas. 

Era experto en seguir pistas, en acechar y en perseguir. También tenía contactos hasta debajo de las piedras, y aunque el ladrón había demostrado ser un tipo astuto –Hunter no entendía aún cómo había llegado hasta Francia sin hacer saltar ninguna de sus alarmas-, había cometido un tremendo error al volver a los Estados Unidos en avión. 

El cazador no había tenido nada personal en contra de Chess antes de empezar la cacería. Pero llevaba ya siete meses persiguiéndole, y le había costado seis encontrarle antes de que se esfumara de nuevo. Había tenido sólo dos oportunidades para acabar con él, y en ambas había fallado. Hunter no había dejado escapar jamás una presa, y que el ladrón huyera había multiplicado por diez su determinación...y convertido el asunto en algo personal. 

Cuando era personal, Hunter se volvía descuidado. 

De no haber sido así, se lo habría pensado bien antes de seguirle la tercera vez que lo encontró. Llegó al aeropuerto con tiempo de sobra para verle bajar del avión; y se había encontrado con que volvía acompañado. Hunter pensaba que el ladrón y su amiguita se quedarían en el ático del centro al que los había visto subir, pero apenas estuvieron unos minutos antes de bajar de nuevo. 

El coche que habían cogido era un último modelo, y según la matrícula pertenecía a un tal Raymond Cooper, que iba a llevarse una desagradable sorpresa cuando saliese de su reunión. Cómo lo había hecho el ladrón para robar el coche era algo que no conseguía explicarse, porque no había habido un solo movimiento sospechoso cuando lo abrió y se subió al asiento del conductor. 

Seguirles había sido un impulso, y Hunter se había visto obligado a robar otro coche para no perderles. Podría haber puesto un localizador; y si estuviese pensado fríamente lo habría hecho, pero se subió al primer coche que encontró y pirateó el sistema para que reconociese sus huellas como las del propietario. 

Disparar, sin embargo, no había sido una gran idea. El instinto de cualquier ser humano cuando pinchaba una rueda era frenar. Hunter contaba con ello cuando se asomó por la ventanilla del conductor y reventó la rueda trasera del deportivo. Lo personal le volvía descuidado, pero no estúpido, y la carretera estaba prácticamente vacía. Había contado con que el ladrón frenaría, y él pararía su coche como si pretendiese ayudarles. Quizá ni siquiera le haría falta bajarse, con un disparo certero de lejos el asunto estaría liquidado. 

Pero jamás se le habría pasado por la cabeza que ese estúpido aceleraría. 

Así que ahora se encontraba acuclillado en la carretera principal de un barrio de las afueras, con la policía acercándose para acordonar la zona y observando lo que quedaba del precioso deportivo rojo; aunque de sus ocupantes no había ni rastro. 

∞·∞

Si el reloj de la mesilla estaba en lo cierto, Nana tenía una laguna de ocho horas. Y debía estarlo, porque la luz que entraba por las cortinas era tenue y artificial. No se escuchaba un solo ruido a su alrededor, por lo que el tic-tac del pequeño despertador parecía atronador. 

Desde que aprendió a controlar sus poderes, Nana sólo se había sentido débil en dos ocasiones. La primera, por estúpida, y la segunda por no saber dónde estaban sus límites. Suponía que era justo que la tercera vez en su vida que su poder la drenaba hubiera sido para salvarle la vida. 

Lo último que la bruja recordaba eran los ojos de Chess. Sabía que había hecho un escudo instintivo, y también que eso había agotado todas sus energías, volviendo el mundo un lugar confuso y sus pensamientos una maraña. Sin embargo, tenía grabado el accidente en las retinas. A una parte de ella le habría gustado levantarse y convertir al ladrón en algún tipo de alimaña asquerosa, por conducir como un psicópata y hacer que se estrellasen –y que los dispararan-. Por robar su bola de cristal. 

Pero la verdad era que Nana apenas podía moverse. Aunque ocho horas de sueño bastaban para recuperar la consciencia, no eran ni por asomo suficientes para que una bruja recuperara sus poderes. O el control de su cuerpo. Así que ahora era total y absolutamente vulnerable, como nunca en su vida lo había sido. 

Se sentía sorda, y completamente ciega aunque era capaz de percibir el rosa apagado de las paredes de la habitación. Perder el poder dentro de ella era como carecer de una extremidad, y hasta el mundo parecía diferente. La rabia por sentirse débil e impotente se acumuló en su pecho, pero ni siquiera tenía fuerzas para retenerla, así que se contentó con gruñir e intentar incorporarse. Una bruja no daba muestras de debilidad. 

—¿Nana? 

Chess. Oírle le dio ganas de gritar, maldecir o hacer volar por los aires ese estúpido reloj que no paraba de sonar -¿quién en su sano juicio seguiría teniendo relojes analógicos en este siglo?-. De entre todas las personas del mundo, tenía que ser el ladrón el que estaba allí viéndola completamente exhausta, con los músculos pesados, la mente espesa y las emociones revueltas en su interior. 

—¿Qué tal la siesta, encanto? 

—Vete al infierno. —Gruñó, y se aferró a la irritación para encontrar unas fuerzas que no tenía. Al menos podía confiar en Chess para hacerla enfadar. 

Por fin apareció en su campo de visión, y le vio sonreír, con esa sonrisita estúpida. Tenía los ojos antinaturalmente azules, pensó, aunque el pensamiento se perdió entre el caos de flashes sobre el accidente. En lugar de gritar, concentró sus fuerzas en terminar de incorporarse. 

—Por si te interesa saberlo, estamos en Sweet Love, un encantador hostal de aire retro que ofrece un lujoso catálogo de suites para recién casados. 

—¿Quién demonios llama a un hostal Sweet Love?— gruñó. De nuevo. Unos días más con el ladrón y acabaría saliéndole perfecto, eso de los gruñidos. 

—El mismo que decidió que el estampado de corazones era romántico, supongo. Al menos tiene sentido del humor. 

—Porque sin duda tiene mucha gracia estar en un hostal para enamorados después de salir volando en un deportivo. ¿Sabes que seguramente has destrozado las estadísticas sobre accidentes de último siglo? 

Volvió a escuchar su risa, esta vez más suave. Se relajó sólo un poco, mirando alrededor. La habitación estaba pintada en un tono rosa pastel, y contaba con un escritorio de madera y una puerta blanca estampada con corazones. Tenía el aspecto de una suite nupcial cutre de un hotel de carretera aún más cutre. El tipo de sitio que podía, de hecho, llamarse Sweet Love. 

Maravilloso.

domingo, 5 de abril de 2015

El ladrón. Cap 3. III [Historias con Limón]

El ladrón
Capítulo 1. Cosas de brujas >I< >II< >III<
Capítulo 2. Enlazados >I< >II<
Capítulo 3. Chesire >I< >II<



No se había fijado antes en lo delicada que parecía. Le habían engañado las botas de tacón alto y esas uñas incendiarias pintadas de rojo, pero así dormida en el asiento parecía pequeña y vulnerable. Chess suspiró. ‘Mierda’, se dijo. Ahora iba a tener que ayudarla.



Malditas brujas.


∞·∞



En Nueva York, bien entrado ya el otoño, empezaba a hacer frío. Nana había dormido las ocho largas horas pasadas en el avión, y suponía que Chess se había echado también una siesta por la forma en que parpadeaba.



—Y bien, ¿a dónde vamos? —Le preguntó, más por mantenerse despierta que porque en ese momento le interesara.

—Podemos dejar la maleta en tu casa, si quieres. Y luego, tenemos varias opciones. Todo depende de si tienes o no ganas de conducir.

—¿Qué? ¿Para qué?

—Nos vamos a Florida, chérie. ¿No te lo dije?

—¡Claro que no! ¿A Florida? ¿Planeas tenerme dando tumbos por todo el país hasta que me aburra de ti y te convierta en un sapo?

Para su eterna frustración, Chess se echó a reír. Había algo diferente en él desde que se habían bajado del avión, pero Nana no sabía concretar qué era exactamente. Aunque parte de su poder había vuelto después de la siesta, necesitaría unos cuantos días, comer bien y dormir ocho horas nocturnas para volver a estar al máximo. Y la cabreaba mucho saber que se estaba perdiendo algo.

—Vamos, encanto, Florida. Playa, un poco de calor ahora que viene el frío. No está tan lejos.

—¿Que no está tan lejos? ¡Vamos a tener que coger un avión! ¿Cuánto dinero crees que tengo?

—Vamos, vamos, podemos ir en coche.

—No tengo coche.

—Bueno, yo sí. Deja de gritar, chérie. ¿No querías tu bola?

—Como no encontremos mi bola en Florida, voy a…

—Ah, pero será una experiencia maravillosa que algún día contarás a tus nietos.

Nana gruñó, dejando bien claro lo que opinaba sobre el tema. ¿Para qué demonios habían cogido un avión hasta Nueva York si iban a Florida? Por centésima vez, Nana se preguntó si el ladrón no estaría engañándola, pero el fino hilo del hechizo que le ataba a ella era sólido y sincero. Chess no podía engañarla, no de forma consciente.

—¿Qué demonios estamos haciendo entonces en Nueva York?

—¿Acaso me preguntaste, encanto, antes de comprar los billetes de avión?

—Aún estoy esperando un agradecimiento por pagar el tuyo.

—Qué menos que eso, si me obligas a acompañarte. Además, a partir de aquí el transporte lo pongo yo —y le guiñó un ojo mientras paraba un taxi y le abría la puerta con una floritura.

—Ya.



El coche era de un rojo tan intenso que casi brillaba. Tenía los cristales perfectamente limpios y unas llantas plateadas en forma de estrella. Nana no tenía ni la más remota idea sobre coches, pero aquel en concreto tenía que haber costado más dinero del que ella había tenido en toda su vida –y eso que las brujas estaban bien pagadas-. Ser ladrón debía ser un negocio rentable, si Chess podía permitirse tener ese coche.

El interior era más espacioso de lo que parecía desde fuera, y los asientos tan cómodos que Nana sintió relajarse la tensión en su interior mientras el ladrón arrancaba. Nunca le habían gustado los coches, a sus sentidos de bruja les alteraba la ligera vibración que sentía a su alrededor y, aunque jamás se lo había dicho a nadie, tenía un pánico absurdo a estrellarse.

Tres minutos después, con Chess al volante, Nana sintió que su pánico estaba justificado después de todo. La relajación de la bruja se fue al traste tras tomar la primera curva, y casi quiso gritar al ladrón que activase los controles de velocidad del coche. Chess conducía como un loco con prisas. Adelantaba casi sin mirar y hacía que el coche se escurriese entre los huecos más insospechados mientras zigzagueaba entre el tráfico.

Nana quería gritarle, pero tenía más miedo de distraerle que de que su conducción temeraria les hiciese tener un accidente. Incluso la ligerísima vibración del coche, que siempre la había molestado, dejó de importar mientras ligaba sus reservas de energía para poder actuar con rapidez ante cualquier emergencia.

Salieron de la ciudad sin incidentes, salvo que la tensión que se palpaba en el interior del coche contase como uno. Nana tenía los nudillos blancos de agarrar el borde del asiento, y no se relajó un poco hasta que llegaron a la autopista y vio a Chess pulsar los controles de velocidad y dirección.

—Y dime, querida Nana, ¿por qué es tan importante esa bola tuya?

—¡¿Qué por qué…?!— Se calló, y su siguiente palabra fue un gruñido. Tal vez no habría reaccionado tan mal si él condujese como un ser humano, pero en ese momento le habría encantado poder bajarse del coche y no verle nunca más—. Lo único que tiene que preocuparte es cómo vas a recuperarla. —Dijo, respirando hondo.

—Vamos, intento que nos conozcamos mejor. Ya sabes, ahora somos compañeros —se volvió, guiñándole un ojo. —Tenemos que…

—¡No quites la vista de la carretera!

Él se sobresaltó, y luego estalló en carcajadas.

—Vamos, ¿en serio? Los controles están activados. Además, podría conducir por esta carretera con los ojos cerrados y sin manos. —Dijo, mirándola y aun riéndose.

—Si quieres matarte, ¡hazlo cuando yo no vaya en el coche!

—Oh vamos, ¿de verdad? ¿Te dan miedo los coches? ¿A una bruja?

—¡Por supuesto que no, imbécil! —Antes muerta que reconocerle una debilidad, eso seguro; mucho menos después de la forma en que hizo que la palabra bruja sonase como un insulto.

—Llevas todo el viaje más tensa que una cuerda de guitarra, encanto.

—¡Si no condujeses como un jodido loco, no estaría tensa!

—Qué poca confianza —dijo, haciéndose el ofendido. Llevaba cuarenta segundos sin mirar hacia delante, y Nana no podía quitar los ojos de la extensión de carretera que se abría ante ellos.

—¡Que mires a la carretera!

—Vamos, chérie, es imposible estrellarse con los controles activados. —Puso una voz de lo más agradable, como si fuese una niña especialmente corta de entendederas—. Lo sabes, ¿no? Tecnología moderna. Si hay un obstáculo, el coche se para, encanto. ¿Ves? No hay peligro alguno. Y tampoco es que haya muchos coches a la vista contra los que podamos estrellarnos.

Chess sonrió, encantador en su seguridad. Luego, negó con la cabeza y volvió a reírse, mascullando algo en francés. Nana sintió cómo la ira sustituía el pánico. La energía que había recuperado en su siesta se hizo un remolino en su interior, y el dorado de sus ojos empezó a chispear.

Estaba a punto de hacer algo de lo que se habría arrepentido mucho –porque el gasto de energía la habría dejado inconsciente-. Casi fue una suerte que, en ese preciso instante, la rueda trasera del coche reventase con un estallido.

—¡Mierda!

Chess gritó e, incongruentemente, su primera reacción no fue frenar, sino mirar hacia atrás. El coche empezó a perder velocidad cuando el sistema detectó una emergencia, pero en ese momento Chess volvió a mirar al frente soltando una cantidad increíble de insultos en francés.

Y, contra toda lógica, el ladrón desactivó todos los controles con un movimiento apresurado, cogió con fuerza el volante y el cuentakilómetros de salpicadero se disparó. Nana quiso gritar, pero se había quedado muda. Al menos, hasta que el ladrón atravesó tres carriles sin mirar para coger una salida.

—¡Chess! ¡Frena, joder! ¡¿Qué demonios…?!

—¡Calla y agáchate!

Un impacto resonó en el maletero, y otro más hizo añicos el cristal trasero del coche, cuyo sonido la hizo gritar otra vez.

—¡Nos falta una rueda!

—¡Te he dicho que te agaches!

—¡Para que quieres que…!

El resto de la frase se perdió con el estallido de una de las ventanillas de atrás. Nana se giró, alarmada, y fue entonces cuando su cerebro asoció los golpes en la carrocería con el estruendo de las balas.

—¡¿Qué demonios?!

—¡Nana, joder!

—¿Nos están disparando? —preguntó la bruja, tan aturdida que se había olvidado de que doblaban la velocidad máxima permitida, conduciendo con una rueda pinchada mientras tomaban en el último segundo una salida de la autopista.

—¡No, nos tiran caramelos! ¡¿Quieres agacharte de una jodida vez?!

—¿Por qué nos…? ¡Chess!

El coche dobló a la derecha en el siguiente desvío con un giro tan brusco que Nana pensó que iban a matarse. Salieron de la carretera a toda velocidad, entrando en la calle principal del pueblo con el chirrido de las ruedas frenando y un giro demasiado cerrado. El precioso coche rojo, con dos ventanas ya destrozadas, derrapó y finalmente volcó.


domingo, 22 de marzo de 2015

El ladrón. Cap 3. II [Historias con Limón]

Os recuerdo que está activa la votación para el libro que leeremos en la primera Lectura Conjunta que organizo desde el blog, junto con Mar de Libros and Stuff (aquí podéis ver los libros propuestos y votar el que prefiráis si queréis uniros).

El ladrón
Capítulo 1. Cosas de brujas >I< >II< >III<
Capítulo 2. Enlazados >I< >II<
Capítulo 3. Chesire >I< 

∞·∞


El jet lag empezaba a pasarle factura. Nana llevaba sin dormir…bueno, demasiado tiempo. Había hecho un vuelo directo de Nueva York hasta París la noche anterior: aunque pareciera increíble, había salido a las tres de la tarde y había visto el amanecer en París tras un vuelo de ocho horas. El desajuste de no tener noche le pasaba factura, porque debería estar en la cama en ese momento, en lugar de anulando la reserva de su hotel y recogiendo sus maletas.



Chess y sus contactos habían determinado que su bola no había salido jamás de los Estados Unidos, por lo que iban a coger el primer vuelo de vuelta. Los dos juntos, después de que el ladrón intentase deshacerse de ella con una mentira que Nana había pillado al vuelo. Necesitaba dormir, pero se conformó con parpadear muy rápido cuando sentía que el sueño se le echaba encima.



Según sus cálculos, serían las once de la mañana hora local cuando el avión aterrizase. Y necesitaba desesperadamente dormir, sí, pero también recuperar su bola de cristal. Podía vivir sin unas cuantas horas de sueño, pero no sin su bola, así que se esforzó por sonsacarle a Chess lo máximo posible mientras llegaban al aeropuerto y buscaban su vuelo.


—Entonces, ¿qué vamos a hacer cuando lleguemos?

—He convencido a una vieja amiga para que nos ayude.

—Ya. ¿A qué, exactamente?

—A encontrar tu baratija, por supuesto. Insisto en que deberías comprarte otra y dejar de lado todo este asunto.

—Tú limítate a hacer tu trabajo.

—¿Mi trabajo? Qué oigo, ¿acaso vas a pagarme, querida Nana?

—Ni lo sueñes. Si no te dedicaras a algo tan turbio no tendrías estos problemas. —Le costó reprimir un bostezo, y para que no se le cayeran los párpados se levantó de su asiento para comprobar la hora de embarque. —Será mejor que vayamos entrando, ladrón.

—Tengo nombre, ma chère sorcière.

—Por supuesto, gatito sonriente. Ahora vamos.

Chess se levantó rezongando. No llevaba equipaje, puesto que no había querido regresar a lo que Nana consideraba su apartamento. Todo lo que necesitaba estaba guardado en los bolsillos interiores de su ropa, y la bruja no tenía forma de saber que el lugar donde le había localizado no le pertenecía.

Ella llevaba una bonita maleta floreada, y a pesar de su altivez parecía que iba a caerse de sueño en cualquier momento. Tendría que dormirse antes o después, aunque Chess sospechaba que querría hacerlo en el avión, donde pudiera tenerle atrapado en una caja suspendida a miles de metros sobre el suelo.

Lo que Nana no parecía haber considerado era que, aunque un avión era sin duda una buena cárcel, los aeropuertos eran sitios bastante caóticos, y más a esa hora de la mañana. En su altivez, Nana iba tres pasos por delante de él, arrastrando su maleta. Fue insultantemente fácil rezagarse dos pasos más y confundirse con la multitud.

Se sonrió. En realidad, la bruja le daba un poco de pena, así que se las había arreglado para ponerla en contacto con una de las mejores espías que conocía. Había deslizado los datos de su contacto y el día y la hora de la reunión que había fijado por teléfono en el bolsillo de ella. Las búsquedas del tesoro no iban con él, y ya había hecho bastante por la pequeña bruja.

Dio media vuelta tras un grupo, y consiguió andar tres pasos antes de sentir el tirón. No se quedó exactamente petrificado, ni tampoco era una fuerza que tirase de él. Simplemente, el cuarto paso lo hizo girando, y antes de darse cuenta tenía de nuevo a la bruja en su campo de visión, mirándole a sólo dos metros de distancia.

—¿Pensando en huir? —le preguntó, con voz dulce.

—Claro que no. —Pero era mentira, y estaba claro que ella lo sabía. Malditas brujas y sus malditos conjuros.

—Bueno, como no me escuchaste la última vez, tampoco voy a repetirlo. Intentar largarte no servirá, Chess. No puedes huir de mí. Acabarás volviendo, una y otra vez, lo quieras o no.

—Pero no puedes impedirme intentarlo —respondió él, con una sonrisa radiante. Era cabezota, perseverante y bastante ingenioso. Al final se le ocurriría algo, aunque por lo visto tardaría un poco más de lo esperado en deshacerse de la bruja.

Ella frunció el ceño, pero finalmente se dio la vuelta y siguió caminando, con el ladrón dos pasos detrás. Nana sabía que era imposible librarse de un hechizo así tan fácilmente. Hacía falta magia, porque un hechizo de vinculación sólo desaparecía cuando la persona moría o cambiaba lo suficiente como para parecer alguien distinto a ojos del hechizo. Y romper un conjuro solía ser el doble de difícil que realizarlo, por lo que no quería ni pensar en el gasto de energía.

Chess estaba ligado a ella lo quisieran o no, hasta que cumpliese con su palabra y ella recuperase su bola de cristal. Sólo esperaba que no fuese tan estúpido como para hacerla dar palos de ciego de un lado a otro del globo, porque no pensaba consentir tonterías en cuanto hubiese descansado y sus niveles de energía volviesen a ser estables.

Al menos, esperaba poder dormir en el avión. No es que una lata metálica que volaba a treinta mil pies de altura fuese el lugar ideal, pero la verdad es que en ese momento la bruja se hubiera conformado con un pedazo de suelo en cualquier parte. Y el asiento acolchado del avión parecía tan blandito como una nube cuando apoyó la cabeza en el respaldo. Se dejó llevar cuando ni siquiera habían terminado de subir todos los pasajeros.

Chess estuvo a punto de intentar escapar en ese momento. Estaba sentado, mirando por la ventanilla el trajín que se traían los empleados metiendo las maletas en la barriga del avión. Fue a girarse, pensando que si conseguía mantener a la bruja despierta parte del viaje luego se quedaría dormida de pie, y así él podría escaparse. Y entonces la vio, acurrucada en el asiento como un gato, y completamente dormida.

Sí, tendría que pasar por encima de ella para salir, pero no era una hazaña difícil. Las puertas aún estaban abiertas, diría a la azafata que tenía una emergencia en casa y saldría tranquilamente sin que nadie lo detuviera. Era tan sencillo que hasta daba risa, pero por alguna razón no pudo hacerlo.

Se quedó allí sentado, mirando a la bruja casi sin pestañear. Tenía los ojos cerrados y unas ojeras violetas debajo de los párpados. Se le habían escapado un montón de rizos pelirrojos del recogido de horquillas, y ahora le cubrían parcialmente la cara, rozando sus pálidas mejillas. Chess tuvo que reconocer que estaba impresionado.

No se había parado a mirar realmente a la bruja. Sí, la había visto, claro. Pequeñita, con botas altas, vestido negro y chaqueta de cuero, era difícil pasarla por alto. También estaba ese aura de poder que la había hecho brillar como una antorcha de luz blanca. No, Nana McKenzie no era una mujer que pudiera ser pasada por alto, pero tampoco alguien a quien él hubiese tenido realmente en cuenta.

No se había fijado antes en lo delicada que parecía. Le habían engañado las botas de tacón alto y esas uñas incendiarias pintadas de rojo, pero así dormida en el asiento parecía pequeña y vulnerable. Chess suspiró. ‘Mierda’, se dijo. Ahora iba a tener que ayudarla.

Malditas brujas.

Blue

viernes, 27 de febrero de 2015

El ladrón. Cap 3. I [Historias con Limón]


Capítulo 1. Cosas de brujas >I< >II< >III<
Capítulo 2. Enlazados >I< >II<

3.
Chesire

Edith Branshaw era una mujer de recursos. Era alta, rubia y escultural, y sabía manejar a los hombres como si fueran títeres. No lo hacía muy a menudo, claro, porque hay que reservar los buenos talentos para las ocasiones en que son necesarios, pero tampoco hacía falta mucho de su parte para que la gente hiciera lo que ella deseaba.


De pequeña había tenido una envidia atroz de su hermana menor –la fea y regordeta Isobel-, porque aunque no tenía belleza, sí tenía poder. Edith había ansiado poder toda su vida, y finalmente lo había encontrado en la figura del apuesto y multimillonario Mr. Branshaw, con quien se había casado apenas un mes después de que se lo presentaran.

Desde que le conoció, Edith había pretendido no haber vivido nunca en nada que no fuera el más ostentoso lujo. Había dejado atrás y olvidado con facilidad la casita familiar de las afueras de Brooklyn donde se había criado, y fingido que jamás había tenido que pasearse por todo Nueva York en busca de agencias a las que les interesase una joven modelo que quería, como todas, beberse el mundo de un solo trago.

Le gustaba sentirse rica, poderosa y observada. Había dejado toda su vida tan atrás que olvidaba casi siempre las cosas que debía. Hacía más de cinco años que no pensaba en los fantasmas del pasado, y bien entrada la noche, cuando podía relajarse en su piscina termal en el invernadero, Edith se acordaba menos que nunca de que había gente a la que no convenía olvidar.

El sonido del teléfono la sorprendió, porque pocos de sus conocidos hacían llamadas a esas horas. La casa estaba vacía –todo lo vacía que podía estar una mansión de dos habitantes con una pequeña legión de criados-, así que Edith tuvo que salir del agua y envolverse en una toalla antes de poder responder.

Reconoció la voz que le dio las buenas noches en francés, a pesar de que hacía siete años que no la escuchaba. Se quedó congelada en el sitio, con una tumbona a dos palmos de ella pero incapaz de sentarse.

—Bonne nuit, madame Sinclair. Aunque tengo entendido que ahora eres una Branshaw, ¿no es cierto, mi querida Edith?

—Gideon.

—Buena memoria. Me alegro de que te acuerdes de mí, cielo. —Su sonrisa se intuía a través del teléfono, a medias traviesa a medias amenazante. —Verás, esperaba que recordases también…bueno, cierto trato, que hicimos hace tiempo.

—Un favor. —Se pasó la lengua por los labios. No se había dado cuenta de que tenía la garganta tan seca hasta que la voz se le escapó en un ronquido, carente de su habitual sensualidad.

—Me alegro que lo recuerdes, chérie. No es gran cosa, te lo prometo.

—¿Qué…qué es lo que quieres?

—Necesito persuadir ligeramente a alguien. Y, ma chère Edith, nunca he conocido a nadie tan persuasivo como tú. Espero que no hayas perdido tu toque.

—Yo…de acuerdo.

—Te enviaré los datos y el punto de encuentro por correo, querida.

—Sí. Yo…¿Gideon? ¿Nuestra deuda…?

—Quedará completamente saldada, chérie, lo prometo.

—De acuerdo.

La llamada se cortó con un bip, y Edith se dejó caer sobre la tumbona. Le temblaban las piernas. No lo había esperado, comprendió. No había esperado que él fuese a cobrar esa deuda jamás. Ni siquiera había esperado que sobreviviese tantos años, teniendo en cuenta las circunstancias en que se habían conocido.

Con un escalofrío, Edith Branshaw comprendió que no iba a poder dormir aquella noche, y se arrebujó en su suave bata blanca, preguntándose si había alguien que la observase más allá de las cristaleras del invernadero. Él podía estar allí fuera, mirándola, sólo para asegurarse de que cumplía su parte.

Con una inspiración acelerada, Edith recogió sus cosas y se apresuró a entrar en la casa, alejándose de los ojos que imaginaba en el exterior.

Blue

martes, 10 de febrero de 2015

El ladrón. Cap 2. II [Historias con Limón]


Capítulo 1. Cosas de brujas >I< >II< >III<
Capítulo 2. Enlazados >I<




La bruja le miró, y él vio el desconcierto en sus ojos. Pasó la vista de su taza de café, que aún sostenía en las manos, a él. Lo último de lo que Chess fue consciente fue de que ella había relacionado los hechos –el café drogado que había bebido con el hecho de que él estuviese perdiendo la conciencia-, pero a continuación se sintió caer, y caer, y la negrura le recibió al fondo.


Sentada en su silla, con el ladrón desplomado sobre la mesa, Nana no daba crédito a sus ojos. Eso, por bajar la guardia, se dijo. Claro que no había esperado que él fuera a dar el paso tan pronto. Desde luego, no cuando apenas había pasado media hora desde que había dejado salir su poder como un vendaval para hechizarle.

Se sentía a partes iguales eufórica e irritada. El hechizo había funcionado mil veces mejor de lo esperado, la verdad, porque estaba claro que la droga estaba en el café de ella. Iba a tener que decirle unas palabras a la encantadora señorita que les había servido, con la que estaba claro que el ladrón estaba compinchado. ¿Cómo se le ocurría? ¿Es que se pensaba que podía drogarla y escapar de ella de una pieza? ¿Quién se había creído que era?

Con una paciencia infinita y algo intimidante, Nana se levantó de su asiento y taconeó con fuerza hasta el mostrador. Recurrió a su mejor sonrisa alegre para decirle a la camarera que iba a necesitar otro café. Uno sin somníferos, por favor. La chica tragó saliva de forma audible, y echó un vistazo rápido a su mesa antes de servirla.

Paciencia, se dijo Nana mientras se sentaba de nuevo, aunque no pudo evitar que sus uñas repiqueteasen sobre la mesa. Se preguntaba cuánto tiempo iba a necesitar el ladrón para volver en sí. Tal vez podría haberle ayudado, una pequeña descarga de poder para liberar su cuerpo de los efectos del somnífero, pero estaba bajo mínimos. No se había dado cuenta de que se estaba empleando demasiado en el hechizo de enlace, y ahora su poder era equiparable al de un ratón, y necesitaría unos cuantos días y bastante azúcar para volver a estar en forma.

El ladrón sólo necesitó ocho minutos y diecisiete segundos para empezar a recobrarse. Muy a su pesar, Nana se sintió impresionada por la rapidez con la que el hombre se despejó: sólo necesitó un parpadeo y una sacudida de la cabeza para ponerse en situación. Y había que apreciar la franqueza de su mirada, por muy cabreada que ella estuviera.

—Bueno, no puedes reprocharme que lo intentara, encanto —fueron sus primeras palabras.

—Será mejor que aclaremos algo ahora, Chess. —Tenía que resolver aquello ya, se dijo, o pasaría el día vigilándole con mil ojos. Incluso recurrió a su mejor sonrisa, para que él no pensase que le amenazaba. —Verás, por si no lo has notado, soy una bruja.

—Interesante observación.

—Y, aunque no parece que lo sepas, hacer un juramento a una bruja puede ser vinculante —añadió, sonriendo con dulzura. Había que reconocer que era difícil ponerle nervioso, al menos, porque estaba recostado contra su asiento como si no hablasen de nada más trascendental que el tiempo.

—Sí, empiezo a darme cuenta.

—Sólo para que quede claro. No puedes herirme, drogarme o engañarme. Cualquier cosa que me hagas se volverá en tu contra, como este truquito tuyo de los somníferos. Si pretendes engañarme, lo sabré. Si intentas clavarme un cuchillo por la espalda…bueno, yo que tú no lo intentaría. ¿Ha quedado claro?

—Como el agua. Soy un ladrón, mi querida Nana. Tenía que probar.

—Estás avisado.

Por toda respuesta, él le devolvió una sonrisa y dejó un billete sobre la mesa. No parecía impresionado. Ni alterado. A decir verdad, no parecía que aquella revelación o su pequeña siesta le hubiesen afectado lo más mínimo, porque sonreía exactamente igual que lo había hecho mientras desayunaba.

La bruja no conocía de nada a Chess. No podía saber que era un tipo perseverante. Que lo de rendirse no iba con él. Y que no tenía inconveniente en probar un centenar de formas de librarse de ella hasta dar con la correcta. En el tiempo que le llevó sacar el dinero y dejarlo sobre la mesa, el ladrón calculó las probabilidades de éxito que tenía emprender otro intento tan pronto.

Por un lado, ella no se lo esperaría, como no se había esperado lo del somnífero –ya había que ser ingenua, desde luego-. Por otro…bueno, ya la había visto enfadada. No era una experiencia que quisiera repetir si podía evitarlo, y estaba bastante seguro de que ella estaba al límite de su paciencia, si es que no la había rebasado ya.

Barajó las dos opciones en los segundos que le llevó cruzar la estancia hasta la puerta. La abrió de par en par, y en el último instante se decidió a dejarla salir primero. Le seguiría un poco el juego, se dijo. La brujita no iba a poder estar pegada a sus talones todo el tiempo, por lo que sería bastante sencillo librarse de ella esa misma noche o al día siguiente.

—Y bien, ladrón con recursos. ¿Ahora qué? Aún estoy esperando que me digas a quién vendiste mi bola.

Ah, sí, estaba muy cabreada. Chess tuvo que recurrir a su mejor sonrisa para aplacar los ánimos, y ni aun así estaba muy seguro de conseguir algo. La maldita mujer era como una bomba de relojería, dispuesta a estallar a la más mínima e inocente provocación.

—Bueno, tendremos que ir a hacer preguntas.

—Preguntas. Maravilloso.

—Conozco a un par de tipos en los bajos fondos. Tal vez sepan quién estaría interesado en comprar una bola de cristal.

—Y tal vez tú deberías empezar a pensar en no hacer negocios con desconocidos.

—Sí, señora.

∞·∞

Los tipos de los bajos fondos no parecían en absoluto barriobajeros. Nana se había preguntado si el ladrón no estaba intentando librarse de ella a fuerza de darle decepciones, pero no pensaba despegarse de él tan fácilmente. El primer sitio al que la llevó estaba cerrado a cal y canto, y en la desgastada puerta de entrada se leía “Reparación de aparatos electrónicos”.

El segundo local era una librería, y Nana no entendió absolutamente nada de lo que Chess le dijo a la chica que había tras el mostrador, que acabó echándoles con cajas destempladas. Habría podido intentar un sencillo hechizo de traducción, pero sus fuerzas estaban en las últimas, y cualquier esfuerzo extra podía dejarla inconsciente durante algunas horas. Tendría que fiarse del ladrón, aunque era algo que jamás habría hecho de no ser por el hechizo de enlace que hacía que él no pudiese engañarla, abandonarla o incapacitarla de ninguna manera.

Les costó dos horas, recorrer la mitad de París y cinco intentos infructuosos en tiendas de toda índole hasta que al fin Chess anunció que tenía algo. No era mucho, le dijo a Nana, quien quiso estrangularlo por no contarle de inmediato qué sabía de su bola, pero al menos tenían por dónde empezar.

Y, al parecer, tenían que empezar por un café bien cargado y una llamada de teléfono. No entender nada estaba empezando a poner a Nana muy nerviosa, y cuando el ladrón por fin colgó el teléfono ella le esperaba a dos pasos de distancia, con los brazos cruzados sobre el pecho y el ceño fruncido.

—¿Y bien?

—Relájate, mi querida Nana, vamos por buen camino.

—Para lo que yo sé de ese camino, puedes estar mintiéndome descaradamente —eso no era exactamente cierto, pero él no tenía por qué saber que olería sus mentiras. —¿Qué es lo que has averiguado?

—Vamos a sentarnos y te lo contaré.


Blue

martes, 27 de enero de 2015

El ladrón. Cap 2. I [Historias con Limón]


>Prólogo. El ladrón<
Capítulo 1. Cosas de brujas >I< >II< >III<

2

Enlazados

Tras esa declaración, el ladrón cruzó los brazos sobre el pecho y se quedó allí, mirándola, con una sonrisa ligera en los labios. Como si le tocase a ella dar el siguiente paso, pensó Nana, que de momento se concentró en mirarle de arriba abajo con escepticismo.
Chess, se dijo. Mal empezaba si dependía de un tipo con un nombre absurdo para encontrar su bola de cristal, pero era un mal necesario. Mientras la ayudase, por ella como si quería ser la Reina de Corazones. Lo que no le daba igual era tenerle medio desnudo ahí plantado, y que él pareciera estar tan cómodo.
—Bueno, ¿y piensas quedarte así? —Se obligó a romper el silencio, porque estaba claro que él no tenía intención de hacerlo.
—Depende de cómo me lo pidas, encanto, puedo hasta quitarme algo más.
Su tono iba cargado de una sensualidad exagerada. Una mujer más superficial tal vez habría pasado por alto la altivez y la evidente burla –porque la oferta era tentadora-, pero Nana ya estaba bastante irritada, la verdad. Así que, sí, igual su reacción fue un poco desmedida, porque sus ojos empezaron a chispear. Se estaba planteando si convertirle en mono o sencillamente llenarle de pelo de la cabeza a los pies cuando le escuchó reír, y alejarse dos pasos para encerrarse en el baño. Un tipo prudente.
La puerta cerrada enfrió un poco sus ánimos, y mientras esperaba registró la habitación. Sabía que su bola no estaba allí, porque podía sentir su presencia a kilómetros de distancia, pero nunca estaba de más saber un poco del enemigo, aunque ahora estuviese ligado a ella.
El lugar no parecía habitado. El polvo había formado remolinos en el suelo y sobre los muebles después de su exhibición de magia, y la mayoría de las sábanas blancas estaban ahora hechas un montón en una esquina de la habitación. Aun así, toda la estancia daba una fuerte impresión de abandono, como si nadie hubiera vivido allí desde hacía mucho ni fuera a hacerlo en el futuro.
—Y bien, ¿de dónde has dicho que eras?
El ladrón –Chess, tenía que empezar a usar su nombre o se le iba a olvidar- había conseguido salir del baño sin que la puerta hiciera ruido. Enfundado en unos vaqueros y una camisa holgada, parecía más bien poca cosa hasta que rescató una chaqueta de cuero del respaldo de una silla volcada.
Le pegaba, había que reconocerlo. Con el pelo rubio sólo un poco largo y los ojos tan azules, ese aire de chico malo le sentaba como hecho a medida. Por primera vez, Nana se dio cuenta de que era mucho, mucho más alto que ella, porque hasta ese momento no lo había parecido.
—Nueva York. Por si no lo recuerdas, entraste en mi casa. A robar.
—Ah, cierto. ¿El ático en el centro? —Esperó a que Nana asintiese, preguntándose en cuántas casas más había robado a lo largo de la semana para no recordar la suya —Un sitio encantador. Me gustan mucho los áticos.
—Me alegro. Aunque habría preferido que no hubieses entrado al mío.
—Vamos, vamos, sin rencores.
Con toda familiaridad, el ladrón se acercó a ella y le pasó un brazo por los hombros. Parecía amistoso, simpático y de lo más inocente. Como si se hubiesen conocido por casualidad y estuviese intentando caerle bien. Nana se dijo que debía tener paciencia.
—¿Y bien? Dijiste que tenías contactos.
—Mis contactos, encanto, no se levantan a las seis de la madrugada.
—¿Y por qué tú sí?
—¿Quién sabe? Algo me despertó.
—Ya.
Nana no las tenía todas consigo mientras seguía a Chess fuera del diminuto apartamento y escaleras abajo hasta la calle. Aunque eran las seis de la mañana en mitad de noviembre, la mayor parte de la ciudad estaba ya despierta, y había gente caminando hacia el metro. Un paso por detrás del ladrón, Nana se preguntaba a dónde demonios la estaba llevando, si sus contactos –si es que los tenía- aún no estaban despiertos.
Un cuarto de hora después, a punto de que la bruja se cansase de caminar, Chess por fin se detuvo delante de una cafetería diminuta en una calle muy cerca del centro.
—Ya verás, encanto, las mejores crêpes de París. —Dijo, con una sonrisa beatífica, antes de entrar por la puerta y ponerse a charlar con la camarera en un francés ininteligible.
—¿Me has traído aquí a desayunar?
—Francamente, deberías relajarte. Las brujas también desayunáis, n´est-ce pas?
—Que si las…
—Vamos, ahora no te pongas hecha una furia. Hay gente normal delante, ¿sabes? No es bueno para tu imagen pública ponerte a echar chispas por los ojos. —Y para mayor énfasis, hizo un gesto delante de su cara como si espantase moscas.
—Algún día…
—Sí, sí, algún día me convertirás en un asqueroso sapo. Ahora siéntate y calla, no se desperdicia un desayuno así con maleficios y amenazas.
Casi la arrastró hasta una mesa minúscula en una esquina del local, mientras la camarera les ponía delante dos platos ocultos por una masa fina cubierta de nata, chocolate y helado de vainilla. Totalmente en contra de su voluntad, a Nana empezó a hacérsele la boca agua, pero por principios contó hasta diez antes de coger sus cubiertos y empezar a devorar la maravillosa crêpe.
∞·∞
Chess era un hombre de recursos, aunque la bruja no se lo hubiese creído. Y, como era un tipo bastante apañado, consiguió engatusarla –Nana, se llamaba, menudo nombre absurdo- para que se terminase el desayuno e incluso pidiese un café. Claro que ella no podía saber que era muy amigo de la camarera, ni que ésta había colado un par de somníferos en la taza de la bruja.
No era nada personal, pero los ladrones no estaban hechos para ayudar a la gente. Y él, en concreto, no lo estaba para vivir vigilado por una muchacha –sin el aura de poder a su alrededor, la bruja parecía diminuta, a pesar de la minifalda y los tacones de infarto-. Le daba un poco de reparo, engañarla así, cuando la pobre sólo quería recuperar su bola de cristal, pero en fin…c’est la vie.
Sonrió mucho y habló por los codos mientras se terminaba su crêpe y cogía la taza de café caliente. Tenía bastante labia, y había conseguido distender lo bastante el ambiente como para que ella se relajase y dejase de mirarle como si fuese a salir corriendo. Ah, pequeña e inocente Nana, se permitió pensar, soplando su taza de café y viendo como ella se llevaba el suyo a los labios.
No llegó a verla beber. De alguna forma extraña, sintió el líquido caliente rozarle los labios, aunque sabía que la que estaba bebiendo era ella. También sintió el calor del café bajarle por la garganta, pero no su sabor. Parpadeó una vez, sintiéndose desconcertado. Su propia taza se le escurrió de los dedos, aunque el estrépito sonó muy lejano a sus oídos.
La bruja le miró, y él vio el desconcierto en sus ojos. Pasó la vista de su taza de café, que aún sostenía en las manos, a él. Lo último de lo que Chess fue consciente fue de que ella había relacionado los hechos –el café drogado que había bebido con el hecho de que él estuviese perdiendo la conciencia-, pero a continuación se sintió caer, y caer, y la negrura le recibió al fondo.

Blue

domingo, 11 de enero de 2015

El ladrón. Cap 1. III [Historias con Limón]



Hubo un destello de luz dorada, que parecía provenir directamente de los ojos de la bruja. De alguna manera, el ladrón se las arregló para saltar fuera de su trayectoria, aunque una persona normal jamás habría podido escapar del lanzamiento de un conjuro.


El ladrón –con la toalla manteniéndose de forma milagrosa sobre sus caderas-, rodó por la habitación hacia las ventanas, pero antes de poder alcanzarlas éstas se cerraron con estrépito delante de él. Consiguió hacer un quiebro en el último momento y saltar a una de las vigas del techo, esquivando otro siniestro soplo de aire asociado a un conjuro.
—¡De acuerdo, de acuerdo, hagamos un trato!
—¡¿Un trato?! ¡Haré tratos contigo cuando se congele el infierno!
—Bueno, bueno, tampoco exageres, encanto. —Pero mientras hablaba tuvo que agacharse para evitar una descarga que dejó renegrida la pared tras él. — De acuerdo, si me escuchas un momento…
—¡Cuando seas una jodida rata!
El siguiente encantamiento pasó zumbando junto al oído del ladrón, rebotó contra la pared y fue a estrellarse contra el suelo. Hubiera habido o no algo ahí anteriormente, del punto de impacto salió corriendo aterrorizada una rata gris.
—¡Te ayudaré! Escucha, ¡nunca la encontrarás sin mí!
Se parapetó tras un gran armario al fondo de la habitación, pero en los segundos que siguieron nada se movió. La bruja no había dado un solo paso desde que entró en la estancia, pero ahora se movió ligeramente para poder mirar al ladrón. Tenía los ojos dorados –no de color miel, ni ámbar, sino de un dorado intenso- y lanzaban chispas alrededor de su rostro.
—Te juro que te ayudaré a encontrarla. Oye, yo no sabía que era tan importante, me… obligaron a hacerlo. Jamás osaría cabrear a una bruja. —Y, por si acaso, cruzó los dedos y rezó un par de veces para haber dicho las palabras correctas.
—¿A quién se la vendiste?
—No lo sé. —Sabía que no era una buena respuesta, porque las chispas de sus ojos iniciaron una danza frenética.— ¡No lo sé, en serio! Pero puedo localizarle. Fue una compra cerrada, pero aún tengo mis recursos.
—Tus recursos. Ya. Pues espero que tus recursos sean eficaces, si no quieres pasar el resto de tu vida en las alcantarillas.
—Muy eficaces, lo juro. Antes de que te des cuenta estaremos riéndonos juntos de éste momento.
—Recuperarás mi bola.
—Sí, sí.
—¡Júralo!
—¡Está bien! Juro que te ayudaré a recuperar tu bola de cristal.
En ese instante exacto, supo que había cometido un error terrible. No se podía mentir a una bruja. Oh, bueno, sí se podía, si uno estaba dispuesto a sufrir las consecuencias. En este caso, las consecuencias se aferraron a su interior como un chasquido, y por puro instinto se revolvió y saltó fuera de su escondite, pero no había nada acechando. La bruja tenía una sonrisa triunfal pintada en el rostro, una sonrisa que le daba un aire misterioso y un poco temible.
—Y por ese juramento, yo te ato a mí, en este instante y hasta su cumplimiento. —Su voz sonaba extraña, como si viniera directa a sus pensamientos sin pasar por los oídos.
Toda la sala se tensó un instante, un momento apenas perceptible de vacío que se disolvió en la nada antes de que el ladrón pudiera captar algo en él. Se sentía incómodo, pero una vez pasado el momento pudo incorporarse, sacudiéndose la toalla llena de polvo –y preguntándose cómo habría conseguido mantenerla en su lugar-.
—Bueno, me alegro de que estemos de acuerdo. —Sonrió, pensando ya en cómo iba a quitársela de encima, pero decidido a tener un poco de paciencia antes de eso. Nunca se podía estar seguro de no pisar en falso cuando se trataba con brujas. —Empecemos de nuevo, mademoiselle... —Le tendió la mano, todo él ojos sinceros y una sonrisa encantadora.
—Nana. —Respondió ella, pero en vez de tomar su mano le miró con fijeza hasta que él bajó la suya.
—Nana. —Repitió él, con una sonrisa.— Enchantée. Yo soy…
—Un ladrón.
—Sí, efectivamente. Pero todo el mundo me llama Chess.
—¿Chess? —Arqueó las cejas, incrédula.
—Sí. De Cheshire. Ya sabes, Alicia en el País de las Maravillas.
—Ya. Porque te pareces mucho a un gato, sin duda.
—Oh, no. Es por la sonrisa. —Y, con un gesto de pícaro perfeccionado durante años, le guiñó un ojo y sonrió.— Ya sabes, lo último que ves antes de que desaparezca.

Blue

viernes, 2 de enero de 2015

El ladrón. Cap 1. II [Historias con Limón]



Nana maldijo los segundos que le llevó recoger lo que había sacado y equiparse con otro tipo de objetos –en su mayoría inofensivos, pero que la ayudaban a centrarse y canalizar su magia con mayor rapidez y precisión-. Salió dando un portazo y, ya en la calle, se subió al primer taxi que encontró, aunque más tarde se lamentaría por el enorme gasto de dinero que estaba haciendo en aquel viaje.

La callejuela era exactamente igual a como la había visto, y tan corta que el portal fue fácil de reconocer, con un número cuatro de hierro oxidado sobre la puerta de madera. En algunos momentos era de lo más útil ser una bruja, se dijo Nana mientras la puerta se abría para ella con un clic y un chirrido desagradable.
Las escaleras eran oscuras y algunos peldaños parecían hundidos. Intentó no hacer ruido mientras subía, dando un solo paso cada vez y atenta a los sonidos a su alrededor. Cuando llegó al tercer rellano, el nudo de ira, nerviosismo e impaciencia estaba tan tenso en su estómago que supo que podría haber entrado en la habitación echando la puerta abajo.
Estuvo tentada de hacerlo, pero en vez de eso respiró hondo y escuchó, con los sentidos alerta a cualquier ruido. Recurrió de nuevo a sus poderes para que la puerta se abriese, y entró en la estancia mirándolo todo a pesar de la oscuridad.
El cuarto estaba lleno de muebles tapados con sábanas blancas, y en el polvo del suelo se veía el ir y venir de pasos y la silueta de un hombre donde había visto al ladrón durmiendo. Sin embargo, el ladrón no estaba allí, y Nana a punto estuvo de empezar a romper cosas antes de que un sonido la alertase.
No había dado importancia al correr del agua antes de que ésta parase, y se escuchase a alguien en movimiento. En realidad, ni siquiera se había fijado en que había un segundo cuarto al otro lado de la estancia, que evidentemente era un baño. Tuvo poco tiempo para prepararse, porque el ladrón tardó tres segundos exactos en abrir la puerta y quedarse parado bajo el umbral, mirándola fijamente.
Muy en contra de su voluntad, Nana abrió la boca y se sonrojó. No era tan joven como se había esperado. Y el recuerdo de su silueta en la oscuridad no hacía justicia a su figura tapada apenas por una toalla en las caderas. Pero recordaba su sonrisa, esa sonrisa que ardía en su cara y le gritaba que, incluso sin hablar, se estaba burlando de ella.
—Tú.
Elocuente, la verdad. De todas las frases tremendistas sobre venganza y condenación, estaba claro que aquella única sílaba expresaba sin duda la profundidad de su rabia. Nana quiso darse de bofetadas, pero en lugar de eso se apartó de un manotazo los rizos de la cara y decidió no volver a improvisar jamás.
—Devuélveme mi bola.
Estaba bastante segura de dar una imagen impresionante. Se había vestido para ello, con botas altas y un vestido negro de manga larga y falda minúscula. Con los rizos pelirrojos a la espalda y su aura mágica a toda potencia alimentándose de su rabia, sabía que parecía un poco demoníaca y muy amenazadora.
Pero el ladrón se limitó a apoyarse contra el marco de la puerta y arquear una ceja.
—Por supuesto, encanto. ¿Cuánto estás dispuesta a pagar? —Sus ojos tenían un brillo interesante al lado de esa sonrisa, y miraban a la bruja de arriba abajo sin amilanarse. —Aunque no soy un hombre avaricioso. Tal vez podamos hacer un trato, n´est-ce pas?
Dentro de Nana, la ira estalló en un remolino de poder. Aquel indeseable tenía su bola de cristal, y se atrevía, se atrevía a bromear al respecto, a sonreír y a pensar que podía librarse de ella como si nada.
La puerta del cuarto se cerró de un portazo y los marcos de las ventanas crujieron. Sin una sola señal física que indicase la presencia de una tormenta, los muebles empezaron a temblar y el polvo formó remolinos en el espacio entre ellos.
—Tú, maldito desgraciado. —Su voz tenía tres ecos diferentes, y reverberaba en la habitación vacía como si se tratase de una cueva.
—¡Vale, vale, calma! Estoy seguro de que podemos llegar a un acuerdo…
—¡Te voy a convertir en algo tan diminuto que desearás no haber nacido!
—Oye, sin amenazar, encanto.
Con un crujido, uno de los muebles se desplomó en el suelo. Se convirtió en un montón informe de astillas, y la sábana blanca que lo había cubierto se hizo trizas. El ladrón levantó las manos de forma apaciguadora, dando un paso atrás hacia el interior del baño.
—Vamos, vamos. Estaba bromeando, ça va? Te devolveré tu bola y no se hable más.
Sonrió de nuevo. Con las palmas de las manos abiertas hacia arriba, y esa sonrisa en los labios, parecía un hombre joven y educado que había cometido un error y que estaba muy dispuesto a repararlo. La ira de Nana desapareció en un último remolino de poder, y las vibraciones se detuvieron a su alrededor.
Tuvo que volver a retirarse el pelo del rostro, y a continuación estiró el brazo con la palma hacia arriba, esperando. Sabía que aún llevaba en los ojos un brillo residual de poder, por lo que brillarían eléctricos en la semipenumbra del amanecer.
—Muy bien, ¿dónde está?
—Bueno, encanto, ahora no vayas a ponerte hecha una furia, ¿vale? Pero digamos que… en fin, que no la tengo aquí en este preciso momento —concluyó, con una sonrisa encantadora.
—¿Cómo?
—Pero tú tranquila, ça va? Te doy las señas del tipo al que se la vendí y vas a pedírsela sin ningún problema.
—¡¿Has vendido mi bola de cristal?!
—Todo tiene un precio, ángel. Y la verdad es que para ser tan poca cosa…
—¡¿Tan poca cosa?! ¡Estás muerto!
—Eh, eh, que yo no tengo la culpa si…
—¡Si, ¿qué?! ¡Asqueroso gusano!
Hubo un destello de luz dorada, que parecía provenir directamente de los ojos de la bruja. De alguna manera, el ladrón se las arregló para saltar fuera de su trayectoria, aunque una persona normal jamás habría podido escapar del lanzamiento de un conjuro.

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